Nacimiento de Petra (parto en casa que acaba en el hospital)

Nacimiento de Petra (parto en casa que acaba en el hospital)

41 semanas y 5 días. Obviamente ya costaba todo. Llevaba dias durmiendo muy mal por el calor sofocante y porque el picor hormonal en las piernas me desquiciaba y no me dejaba dormir (horas después, en la piscina, pensaría muchas veces “menos mal que ya no me pica nada“). Dormía en el sofá, con todas las ventanas abiertas, el ventilador puesto, bolsas de hielo sobre las piernas. Durante las últimas semanas, al acostarme, pensaba que debería poner un empapador en el sofá por si rompía aguas durante la noche pero es que los empapadores daban tanto calor! Y de repente pasó. Me desperté saltando como un resorte fuera del sofá a las 3:40 del 18 de julio del 2017, notando humedad entre las piernas (en el sofá no cayó ni gota). Fui corriendo al lavabo y no había duda. Había fisurado la bolsa. Había salido bastante líquido pero no era una rotura total. Olía a líquido preseminal, como había leído. Me limpié, me puse un pañal y me hice una foto, con ojeras, sonriente. Curiosamente no estaba nerviosa. Estaba emocionada pero no sentía que fuese a ser algo inminente. Pensé que sería sensato intentar dormir el tiempo que tuviese antes de que empezase el parto pero no podía. Me tumbé otra vez en el sofá, en un momento muy nuestro. No quise avisar al papá. Yo que soy de decirlo todo al minuto, me encontré con que quería disfrutar ese momento a solas con mi hija. Ella estaba muy quieta dentro de mí, me pregunté si estaría despierta o dormida, si intuiría de alguna manera que algo había cambiado irremediablemente. En vez de dormir, le abrí una cuenta de correo electrónico. Había acariciado la idea desde muy al principio del embarazo pero me parecía de mal agüero crearla. Una parte de mi temió perderla hasta el final. Era maravilloso no sentir ese miedo de repente. Estaba segura de que todo iba a ir bien. 

Sobre las 4:30 ya empecé a notar contracciones pero hasta las 6 no desperté a mi compañero. Él avisó a las comadronas y sobre las 6:30 a los amigos que iban a venir a grabar y fotografiar el parto. A las 8:30 la cosa ya iba en serio, y él empezó a preparar la casa. A las 9 llegó la que iba a ser nuestra comadrona principal, Roser. Yo ya hacía rato que no podía hablar durante las contracciones pero eran llevaderas. Entre contracción y contracción tenía unos retortijones brutales. En la conversación de whatsapp con las comadronas escribí “Me prometieron endorfinas entre contracciones y lo que tengo son cagarrinas!” pero ya me parecía bien ir vaciando el vientre. Tener un parto escatológico era algo que me preocupaba. 

Cuando llegaron Santi y Nuria yo ya estaba un poco ida porque recuerdo que me sorprendió verlos en el salón. Ya deambulaba por la casa pidiendo la piscina desnuda (sólo con el sujetador porque los pechos me dolieron desde el minuto uno de embarazo hasta pasados los 3 meses de su nacimiento). Recuerdo que me alegraba mucho ver la luz del sol y el mar desde la ventana, no podía imaginar que alguien quisiera parir a oscuras (por la noche, en cambio, pediría que cerrasen hasta las lámparas).

Las contracciones tumbada eran insoportables pero si las pasaba de pie no me daba tiempo a tumbarme para descansar entre ellas. La piscina fue una maravilla porque dentro del agua, en cambio, me ponía en cuclillas cuando venían y me derrumbaba flotando cuando acababan. Me podía dormir entre contracción y contracción.


No había comido nada desde la noche anterior pero no me entraba nada. Recuerdo intentar comer melón y vomitarlo al cabo de poco. Recuerdo oir a Roser decir “‘Parto vomitado, parto acabado’, esto va muy bien”. Recuerdo pensar “Ya lo sabía que iría bien. Como siempre, he temido y me he preparado inútilmente para lo peor

Antes de la hora de comer, Roser ya hizo venir a Luci, indicando que realmente pensaba que el expulsivo estaba cerca. No recuerdo cuándo llegó, pero recuerdo verla y pensar “Pues sí que está cerca ya! Esto es pan comido!” Mi compañero estaba presente todo el rato, acariciándome y abrazándome durante las contracciones. Recuerdo la alegría y el amor que sentía cuando acababa una y lo veía ahí.

Recuerdo ser medio consciente de que la gente se organizaba para comer. Yo que me había preparado tanto para tener medio listas opciones ricas y aptas para todas las especificaciones dietéticas y ahora nadie se ocupaba de acabar de preparar la comida ¡Se iban a por bocatas! Pero no me importaba mucho. Recuerdo pensar poco en mi hija durante esas horas. Estaba conectada con mi cuerpo y ella se movía poco. Cuando la notaba culebrear y me recordaba su presencia de repente, sentía una felicidad salvaje y sentía que no era mi parto, era nuestro parto. Pero el dolor me iba desconectando. Contracción, dolor, alivio, sueño, contracción, dolor, alivio, sueño, así una y otra vez. Cuando Luci me dijo que el parto se estaba relentizando recuerdo haber sentido una sombra de inquietud que duró poco. Todo estaba yendo bien, me levantaría, empezaría el expulsivo y la tendría fuera en nada. Salí y me fui a la ducha porque lo que tenía claro es que necesitaba calor (¡en pleno julio!).

En la ducha todo se torció. Lo recuerdo así. La maldita ducha con sus malditos cambios de temperatura que sólo notaba yo. Creo que la caldera intentaba coger agua del depósito de energía solar, que no estaba tan caliente como yo quería y eso producía pequeños descensos de temperatura. A mí me sentaban fatal. Notaba los músculos paravertebrales tensarse como los cordones de un corsé. Un dolor insoportable, un dolor insano, un dolor que no era del parto, que no lo quería, que no estaba preparada para sentir. Intentaba hacerme entender, pedí muchas veces que desconectasen el apartado de enregía solar. Luego me enteré de que tenían miedo de que al tocarlo nos dejase sin ninguna agua caliente. Sentí mucho enfado porque no me hacían caso, porque me decían que el agua salía caliente y a mí me parecía que oscilaba entre caliente y fría. Empecé a negociar para ir a la piscina, allí el dolor era soportable y el frío se podía combatir. Empecé a tener un poco de fiebre. Yo sólo pedía más agua caliente y me la escatimaban. Preguntaba si ya estaba caliente la olla y me decían que en breve y las veía ponerla a calentar. Y al cabo de un rato volvía a pedir más agua caliente y en vez de traerla metían el termómetro. Yo no sabía si es que estaba perdiendo el hilo o si es que me estaban engañando, tampoco podía aclararme la mente lo suficiente para hablar claramente de ello. Días después me explicaron que mantenían la piscina a 37-38 grados y que no se atrevían a pasar de ahí para que no me subiese más la fiebre y para que el bebé no pasases demasiado calor. Ojalá lo hubiese entendido. Ojalá hubiese estado más despierta. Ojalá hubiese ido yo misma a cerrar el maldito aparato de energía solar. Quería decirles que confiasen en mi cuerpo y me dejasen tener fiebre, pero sólo acertaba a decir que NECESITABA CALOR. Iban pasando las horas, a ratos me acordaba de las clases de Eutokia y me arrastraba penosamente fuera de la piscina a intentar posturas que aprovechasen la gravedad. El dolor era horroroso, no tanto el de las contracciones sino el de espalda. El frío, la incomodidad, la impotencia, la sospecha creciente de que algo iba mal. ¡Pero si estaba a punto de parir hacía horas! Y ni siquiera había empezado el expulsivo, esa idea me desesperaba. Empezaba a desesperarme y ni siquiera había empezado el expulsivo. Pensaba a menudo en una amiga del grupo que también había tenido un parto en posterior. Ella había estado más de dos días dilatando y más de 5h de expulsivo. Se ve que repetía que yo no iba a poder con algo así. A ratos era consciente de que mi compañero lo estaba pasando mal. Desaparecía durante mucho rato. Preguntaba por él y me decían que estaba bien pero no lo hacían venir. Cuando aparecía lo notaba tenso. Yo seguía sin tener hambre. Recuerdo que me ofrecieron garbanzos torrados (me los trajo Santi, bendito Santi) y me comí 2. Ojalá hubiesen insistido en la comida. Ojalá me hubiese forzado yo a comer más. No sé si habría servido de algo porque hasta el agua iba vomitándola, pero a estas dudas se agarra una. Recuero entrar en bucles con las contracciones, recuerdo hablar con mi hija y pedirle que me ayudase, que por favor me ayudase. No me sentía para nada como una mujer empoderada al mando de la situación sino como una niña atrapada en una pesadilla pidiéndole ayuda a su dios. Yo que había deseado un parto en casa para que fuese una experiencia empoderadora, para empezar la maternidad sintiéndome capaz de todo…

El miedo era creciente. Algo estaba yendo mal. Al final pedí un tacto. Creo que eran las 19h. Estaba de 5 centímetros. Se me cayó el alma a los pies. Estábamos a mitad de camino de la dilatación y, cuando acabase, todavía faltaría el expulsivo. ¡Pero si al mediodía parecía que estaba ya de 8! ¿Qué había pasado? ¿Cuántas horas hacía que no avanzaba absolutamente nada? Y sobretodo, sobretodo ¿por qué estaba sucediendo esto? ¿Y si ella estaba corriendo peligro? Intenté apartar esa idea. La auscultaban entre contracciones y su corazón sonaba bien.

Las siguientes horas fueron duras. Intentaba no estar en la piscina para acelerar el parto pero dolía tanto, tantísimo, y estaba tan cansada.Pero incluso en esas horas hubo momentos dulces y momentos divertidos. De ternura con mi compañero y con nuestros amigos. De agradecimiento hacia Roser y Luci. De complicidad y risas. De notar a mi hija impulsarse dentro de mí y quererla muchísimo y sentir que estábamos haciendo algo mágico y colosal juntas. Hay un vídeo precioso en el que se ve claramente cómo te mueves bajo mi piel. Durante el embarazo jugaba a cogerle el pie cuando me daba patadas. En el vídeo le cojo el pie y le hablo, le pido ayuda, le explico que ya no estamos jugando, que esto va en serio y que tiene que salir, para que pueda verla y cogerle el pie de verdad y ver si se parece a los míos o a los de su papá. No recuerdo ese momento. Si no estuviese grabado se habría perdido para siempre.

Serían las 21h, estaba en la silla de partos y vi en el empapador una mancha marrón. Asumí que volvía a tener descomposición. Recuerdo pensar “No han servido de mucho tanta diarrea al principio del parto“. Pero en un momento dado, me incliné hacia delante en una contracción y vi salir el líquido marrón y era meconio. Sabía que el meconio durante el parto podía ser mala señal pero también podía no querer decir nada. Es curioso cómo cablea tus emociones el parto. De una forma muy distinta a la vida cotidiana. Jamás habría pensado que en esa situación podría tomarme con relativa tranquilidad un signo de posible alarma. Aunque yo tenía la sospecha de que algo no iba bien, no temía por ella. Temía por el parto. Temía que acabase en el hospital, pero no tenía realmente miedo de que le pasase algo a mi hija. Era una posibilidad que consideraba racionalmente y que me preocupaba pero no me embargaba el pánico a perderla. Me hicieron otro tacto y estaba de 6-7. Aguantamos todavía un par de horas más en casa. Escuchábamos el corazón después de cada contracción y parecía que estaba bien. Yo adoptaba verticales y asimétricas, intentaba abrir la garganta y vocalizar y mover las caderas, intentaba recordar todo lo que nos habían contado en las clases de Eutokia. La imaginaba atascada de alguna manera, incapaz de presionar sobre el cuello del útero para ayudar a abrirlo. Empezó a oírse hablar del hospital. Quedamos en que aguantaríamos una hora más y haríamos un tacto y que si no había avanzado mucho la cosa, iríamos al hospital a hacer monitores. Recuerdo tratar de mentalizarme de ir al hospital. Intentaba visualizar los pasos que tendríamos que seguir y perdía el hilo cada vez. Pasó la hora, me hicieron el 3r tacto del parto y seguía igual. Recuerdo pensar “Tranquila, vas al hospital, te hacen monitores, te confirman que todo está bien y acabas tu parto natural allí“. Todo se aceleró. Una vez decidido que íbamos al hospital me entró mucha prisa. Me puse un vestido sin ni secarme, sin peinarme, sin ponerme ropa interior y salí al rellano, descalza, a llamar al ascensor. Detrás de mí la gente iba a toda prisa haciendo lo necesario. Encontraron la maleta que había preparado por si teníamos que hacer traslado. No pude evitar un bramido de dolor en el descansillo, eran más de las 12 de la noche, por suerte no salió ningún vecino. Bajamos al parking, y mi compañero metió la llave y no pudo abrir la puerta de acceso. Lo volvió a intentar y no pudo. Probó con la otra y tampoco. Yo le dije que subiese a la otra planta y probase con esa puerta porque me sonaba que solo teníamos llave para abrir una de las plantas del parking. Él me miró y no dijo nada, volvió a intentarlo con la primera llave y con la segunda. Yo le dije “sube y baja” y el tio volvió a intentarlo por tercera vez. Ahí me cabreé en serio y me puse a gritar que me obedeciesen de una puta vez. Pobrecito, subió corriendo y apareció en menos de dos segundos al otro lado de la puerta cerrada. Nos metimos en el coche de Roser. Nada me habría podido preparar para el dolor espantosísimo de las contracciones de parto activo sentada en un coche. Luci me había dado ventolín antes de salir para que las contracciones se parasen un poco pero aun así tuve 3 o 4 durante el trayecto que fueron durísimas. Ahí abandoné toda idea de seguir con el parto natural. Sabía que no era lo mejor para mi hija pero había llegado a mi límite de tolerancia. Necesitaba un descanso de ese dolor, al menos un rato. Entré en el hospital descalza, mojada, claramente desnuda debajo de un vestido de ir por casa, pidiendo la epidural, la epidural YA. Me subieron a la sala de partos mientras los demás hacían el papeleo. La anestesista me dijo que no podía ponerme la epi hasta que tuviese la última analítica y descubrimos que nos habíamos dejado en casa el historial médico. Por suerte estaban en casa todavía Luci y mi amiga, recogiendo, y lo pudieron traer volando en un taxi. 

Mientras tanto, mi compañero había logrado llegar al paritorio (se ve que le costó un poco) y estaba en plena campaña de concienciación. Iba pillando por banda a cada persona que entraba, explicando que teníamos las cosas muy claras, que veníamos de un parto en casa, que yo quería un parto lo menos intervenido posible, que nos explicasen todo antes de hacerlo y que para algunas cosas no íbamos a dar consentimiento. Yo iba repitiendo que no quería antibiótico ni oxitocina. Me hablaban de los protocolos y yo repetía “Lo entiendo, no te preocupes, yo te firmo lo que haga falta, pero no quiero antibióticos ni oxitocina“. Me pusieron un gotero y me dijeron que era suero. Por fin la epidural hizo efecto. Podía mover un poco las piernas y notaba bastante mi cuerpo de cintura para abajo pero no tenía dolor. Me pusieron los monitores. Cerraron la luz, se fueron, nos quedamos los tres solos en el quirófano, escuchando sus constantes en el monitor, intentando descansar. Yo llevaba casi 24h despierta, no había podido beber ni comer apenas porque había vomitado mucho. El gotero de suero y la interrupción del dolor fueron muy bienvenidos. Volví a acariciar la idea de recuperar el control del parto, me dije que iba a descansar un poco mientras los monitores analizaban la situación y que cuando me dijesen que todo estaba bien, pediría que me quiten la epidural y volveríamos a la carga. Recuerdo pensar “Que absurdo, estirada boca arriba con esta barriga. Tengo que ponerme sobre el lado izquierdo.” Pero no lo hice, me dormí casi al instante. Mi compañero cogió mi vestido y la toalla que habíamos traído y se estiró sobre ellos en el suelo. No pudo dormir, se quedó vigilando el monitor. De repente luces, voces, me despierto, estoy en un quirófano, hay personal médico rodeándome, no veo a mi compañero, momento de pánico. Cuando recuerdo dónde estamos, empiezo a entender lo que dicen, él aparece detrás de una doctora que está diciendo que los monitores son preocupantes, que algo no va bien. Mi compañero le dice que ha sonado el latido todo el rato y ella le cuenta le dice que no descansa entre contracciones, que no es buena señal. En ese momento me odié profundamente. Te había dejado sola con las contracciones y sin endorfinas y yo me había ido a dormir boca arriba, ajena a todo. Cómo no ibas a estar mal, pobrecita. 

La ginecóloga de guardia me hace un tacto sin pedir permiso y me dice que estoy igual, que habrá que hacer cesárea. Pregunto dónde está mi ginecóloga me dicen que ya la han avisado pero que tardará al menos 20 minutos en llegar. Pregunto si es seguro que hay sufrimiento fetal, si pueden confirmarlo con una prueba de pH o algo, valorar si realmente la cesárea es la única opción. Espero que cuando mi hija lea este relato, las cosas hayan cambiado mucho, pero en este momento es tristemente habitual que en los paritorios te cuenten mil milongas para que aceptes una cesárea. Yo me habría cortado un brazo por mi hija pero no iba a permitir que la sacasen de mí por un tajo solo para cuadrar las agendas del hospital. Cuando oyó lo del pH, la ginecóloga de guardia recalibró. Lo vi en su cara, se dio cuenta de que no íbamos a ser unos corderitos. Temí que eso fuese en contra nuestra pero por suerte se limitó a decir que esperaríamos 20 minutos a ver si llegaba mi ginecóloga antes de ir a quirófano. Dijo que íbamos a aprovechar esos 20 minutos para probar todo lo demás. Que iban a romper la bolsa e iba a intentar abrirme manualmente. No me estaba pidiendo permiso pero le dije que accedía a todo pero que no usasen oxitocina. Ella empezó a trajinar entre mis piernas. Por suerte no notaba dolor porque se sentía bastante salvaje. Salió bastante meconio con el agua al romper la bolsa y volví a insistir en que no quería antibióticos ni oxitocina. Me metió la mano hasta el fondo y hurgó. Supuse que estaba abriendo el cuello del útero. De repente dijo “Le estoy tocando la cabecita a ver si con un poco de estímulo se activa” y ahí ya me puse a llorar. Tenía que ser yo la primera que la tocase y ahí estaba una mujer que ni sabía cómo se llamaba tocándole la cabeza a mi hija. Cuando Carme entró por la puerta, puntual a los 20 minutos, la ginecóloga de guardia le dijo que había intentado abrirme pero que estaba de 9 todavía. Carme me hizo un tacto y dijo “Sí, bueno, yo creo que aquí puedo meter unos fórceps“. Me dijo “Te voy a decir una cosa que no te va a gustar pero tienes que aceptarla: vamos a aspirarla cuando salga” No me extrañó por lo del meconio pero pregunté si no podían hacerlo encima mio, que quería hacer piel con piel inmediato y que dejasen latir el cordón. Me dijo que no, que tenía que hacerlo el pediatra en una mesa especial que había al ahí al lado. La señaló, estaba a 3 o 4 metros. Lloré otra vez pero lo acepté. Intentábamos repasar el plan de parto para hospital. Que no la limpiasen, que no le pinchasen la vitamina K, que no le pusiesen pomada ocular. Es un milagro que recordásemos tantas cosas. Todo fue tan rápido… Estaban preocupados por ella, querían sacarla cuanto antes. Recuerdo la tristeza de pensar que estaban tratando mi cuerpo como una prisión peligrosa, un sitio del que rescatar a mi hija. Yo que la había llevado durante 9 meses, que le había hecho su nido con su bolsa y su placenta y su cordón, que la había hecho crecer y la había protegido… Y ahora parecía ser tu problema. No noté el corte ni la introducción de los fórceps pero me dijo que empujase y empujé como si me fuera la vida en ello. Intentaba rescatar alguna cosa útil de las recomendaciones que se aplican a un parto natural, respirar para que no le faltase oxígeno y mantener la garganta abierta, pero lo cierto es que eran pujos de paritorio, de los que no buscan que suceda algo natural sino forzar la máquina. Recuerdo a Carme dejarse caer hacia atrás para aprovechar el peso de su cuerpo y ahí sí que temí por mi hija. Temí que le rompiese el cuello. Luego lo hablé con ella y dijo que parecía más fuerte de lo que era, que ese modelo de fórceps necesitan hacer un arco de movimiento muy grande en la parte de fuera que se traduce en un movimiento más sutil en la parte que agarra al bebé. Pero en el momento fue terrorífico. A pesar de la epidural noté como todas mis entrañas bajaban intentando retenerla y cómo al final algo cedió y salió finalmente. La sensación de vacío súbita, de algo arrancado, fue bestial. Carme dijo “No te la enseño que no quiero que se active hasta que la hayan aspirado” y se la entregó a una enfermera, hecha un ovillo todavía, que la llevó a la mesa del pediatra. Apenas vi su culillo, manchado de meconio y sangre, alejarse. Su papá fue con ella y recuerdo que se giró y me miró sonriendo y dijo algo. Yo repetí “No la limpiéis, no le pongais pomada ocular, no le pinchéis la vitamina K“. Tardaron años en limpiarla. Empezó a llorar. Yo también, otra vez. Se me hizo eterno. Cuando el pediatra, la enfermera y mi compañero se movían, iban dejando espacios pequeñísimos a través de los cuales veía trocitos de ella, tan pequeños que no sabía ni qué eran. Y finalmente la trajeron y la pusieron sobre mi pecho y la abracé. Estaba caliente y tensa y lloraba. Todavía no le había podido ver bien la cara pero vi el remolino de pelo en su frente y me asaltó un pensamiento surrealista “Este remolino lo reconocería en cualquier sitio, no me la van a cambiar por otra“. Su padre recordó en ese momento que yo quería una foto del momento en que nos conociésemos. El parto había resultado ser muy distinto de lo que quería pero al menos eso podía dármelo así que sacó su móvil e hizo una foto que guardo como un tesoro. Acto seguido, se desplomó en el taburete que había al lado de la camilla y se puso a llorar. Más tarde me contaría que había sentido miedo de perdernos a alguna de las dos. Me pusieron un gotero y lo miré, me dijeron que era para ayudar a salir a la placenta. Así que a pesar de todo al final me habían colado la maldita oxitocina. Al menos mi hija ya estaba fuera. Ella se enganchó al pecho (dolió tanto como temía) y yo pude verle la cara por primera vez. Es curioso, durante el embarazo estaba segura de que cuando la viese me resultaría familiar. Tenía la sensación de que pensaría “Claro que tiene este aspecto, no podía ser de otra manera” pero no. Era algo totalmente nuevo e inesperado. No era como nadie que hubiese visto. Era maravillosa y era ella misma. Obviamente era un pequeño monstruito, pero yo ya la adoraba.

El rato que Carme pasó cosiendo se me pasó en un suspiro. Me iba invadiendo el cansancio y me sentía como adormilada. Me pidieron a la niña y yo dije que quería hacer piel con piel. Me dijeron que era mejor que no la tuviese mientras me cambiaban de camilla y se la di. Cambié de camilla y empezamos a movernos, de repente me di cuenta de que no tenía a mi bebé conmigo, nos estábamos moviendo por el hospital. Me asusté y me incorporé buscándola, estaba rodando en una cunita a mi lado, la pedí y me dijeron que al llegar a la habitación me la darían. Me enfadé pero estaba tan cansada que no dije nada. Llegamos a la habitación, me instalé, el camillero se fue y de repente me vi sola. No estaba mi compañero y ni siquiera sabía cuándo nos habíamos separado ni por qué. Y lo peor era que tampoco estaba la otra enfermera con la cuna. Estaba sola. Grité y busqué un botón para llamar a alguien. Estaba a punto de intentar salir de la cama cuando apareció el padre de la criatura. Le dije que se habían llevado a la niña y que fuese a buscarla ¡Sentía tanta rabia! La encontró en la nurserie y la trajo de vuelta. No recuerdo nada más del día del nacimiento de mi hija. Habían pasado 24h justas desde que fisuré la bolsa hasta que nació. En total 20h de parto en casa, respetado, difícil pero profundo y significativo que recuerdo con maravilla y cariño, a pesar de sus claroscuros y que agradezco con todo mi corazón. Las 4h de parto intervenido en el hospital que me dejan un sabor amargo y una gran culpabilidad. Había dos cosas que para mí eran muy importantes y que no se respetaron aunque se habría podido: el corte tardío del cordón y el piel con piel inmediato e ininterrumpido. Si la clínica hubiese tenido la camillita especial para atender al bebé al lado de la madre podrían haber aspirado a mi hija encima mio y sin cortar el cordón. Respecto a por qué interrumpieron el piel con piel después, ni siquiera puedo imaginarlo. Tal vez fue simplemente las ganas de salirse con la suya, de imponer sus protocolos a la mujer que había estado reclamando que se respetase su voluntad mientras pudo y que al final se rindió al cansancio.

Cuando salió el sol me desperté y vi la cabeza amoratada de mi bebé, me asaltó otra vez la culpabilidad. Empezaba en esto de la maternidad exactamente como no había querido, sintiéndome incapaz, culpable, vencida físicamente y emocionalmente. Mi hija lloraba cada vez que la movía mínimamente y cada vez que la separaba de mi. Recuerdo la primer vez que fui al wc y la oí llorar. Me impactó profundamente cómo me afectaba su llanto. Me hacía lloarar a mí también y sentía náuseas y mucho vértigo, al borde del desmayo. Los pechos me dolían horriblemente. Al cabo de poco llegó Roser. Mi compañero había tenido la presencia de ánimo de organizar una visita a primera hora para que me ayudasen con la lactancia. Fue la primera de muchas manos tendidas para ayudar con el postparto. Las visitas, los whatsapps, las llamadas. Nos esperaban 3 meses de pesadilla pero lo logramos. Seguimos haciendo teta y disfrutándolo 16 meses después. La gran ordalía, la prueba durísima cuya superación me hizo sentirme capaz como madre no fue el parto sino la lactancia. Menos mal de las maravillosas mujeres de Neixer a Casa. Menos mal.